Los datos de que disponemos en un principio pueden parecer descorazonadores.
Según García Nieto (2017), un 66% de los españoles opina que el colectivo más
discriminado en este momento en nuestro país es el de las personas
trans*.
Por su parte, uno de cada seis europeos manifiesta que se sentiría muy
incómodo teniendo que compartir trabajo con una persona trans*, y un 43% no querría que sus hijos tuvieran una
relación con una persona trans*.
Además, según el mismo autor, los jóvenes que han experimentado un fuerte rechazo familiar
tienen una probabilidad:
• 8 veces mayor de haber intentado suicidarse que el
resto de la población de la misma edad.
• 6 veces mayor de presentar altos niveles de depresión.
• 3 veces mayor de consumir drogas.
• 3 veces mayor de correr un alto riesgo de infectarse
por el VIH y contraer enfermedades de transmisión sexual.
Aquellas familias que por diversos motivos, como el “qué
dirán”, no dejan que su hijo/a exprese su verdadera identidad, aumenta la
probabilidad de que éste/a presente:
-Hipervigilancia -Rechazo interno -Conductas de riesgo
-Baja autoestima -Depresión clínica -Ansiedad
-Hiperactividad -Angustia
Todos esto, además, repercute en el rendimiento escolar,
clima familiar y entorno social de la persona.
El apoyo y acompañamiento que podemos brindar los adultos es muy importante, porque incide en las oportunidades vitales de esa persona; como lo es sentirse parte de una familia, estar a gusto en la escuela, formar parte de un grupo de amigos y tener planes para el fin de semana, ser parte de espacios donde se puede socializar o ser modelos positivos que les ayuden a pensar en un futuro posible.
La represión, negación o modificación con fines sociales de la identidad producto de confusión, ansiedad o angustia pueden dejar como consecuencia sentimientos de falta de control sobre su vida e identidad, indefensión y una extrema vigilancia de su identidad, aspecto y comportamiento.
El apoyo y acompañamiento que podemos brindar los adultos es muy importante, porque incide en las oportunidades vitales de esa persona; como lo es sentirse parte de una familia, estar a gusto en la escuela, formar parte de un grupo de amigos y tener planes para el fin de semana, ser parte de espacios donde se puede socializar o ser modelos positivos que les ayuden a pensar en un futuro posible.
La represión, negación o modificación con fines sociales de la identidad producto de confusión, ansiedad o angustia pueden dejar como consecuencia sentimientos de falta de control sobre su vida e identidad, indefensión y una extrema vigilancia de su identidad, aspecto y comportamiento.
Sin embargo, ¡esto no tiene por qué ser así!
A menudo los niños y niñas trans*, cuando son apoyados por
sus familias y su círculo más cercano, presentan una salud mental similar al
resto de personas de su misma edad, sin problemas de ansiedad y depresión. De
hecho, el apoyo familiar es de vital importancia para mantener los niveles de
bienestar, y previene diversos problemas, como abandono de la escolaridad,
psicopatología, marginalidad, etc. El que los padres y madres acepten la
identidad de su hijo/a tiene un gran impacto en su autoaceptación, evitando
posibles casos de baja autoestima y un mayor riesgo de sufrir acoso por parte
de sus iguales.
En varias entrevistas realizadas por Platero (2014), muchas familias coinciden que el carácter de sus hijos e hijas había cambiado de forma drástica una vez que han podido expresar cómo se sentía y han recibido su apoyo. Todas coincidieron en que antes de tal apoyo, sus hijos e hijas eran tímidos, irascibles, pasivos e incluso solitarios. Y una vez que han podido mostrar su expresión e identidad de género y vivirla más libremente, se han vuelto más abiertos, sociales, comunicativos y extrovertidos. De forma conjunta, el apoyo y la aceptación dan como consecuencia un cambio emocional trascendental, que atraviesa la relación entre miembros de esas familias.
En varias entrevistas realizadas por Platero (2014), muchas familias coinciden que el carácter de sus hijos e hijas había cambiado de forma drástica una vez que han podido expresar cómo se sentía y han recibido su apoyo. Todas coincidieron en que antes de tal apoyo, sus hijos e hijas eran tímidos, irascibles, pasivos e incluso solitarios. Y una vez que han podido mostrar su expresión e identidad de género y vivirla más libremente, se han vuelto más abiertos, sociales, comunicativos y extrovertidos. De forma conjunta, el apoyo y la aceptación dan como consecuencia un cambio emocional trascendental, que atraviesa la relación entre miembros de esas familias.

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